jueves, 19 de septiembre de 2013

Por qué somos vulnerables ante fracaso inicial y cómo superarlo

Las personas somos siempre vulnerables a los efectos derivados de los errores, fracasos y circunstancias adversas que nos suceden cuando llevamos a cabo cualquier tipo de esfuerzo.
Estos efectos suelen traducirse en forma de desánimo y reducción de nuestro nivel de confianza.
Y eso a su vez tiene el efecto de reducir progresivamente nuestros esfuerzos y nuestra motivación, hasta conducirnos eventualmente a la rendición final.
Esta lógica de la rendición tiene su fundamento biológico en la necesidad prehistórica de regular nuestra energía y proteger nuestra integridad, cuando nos enfrentamos a retos que parecen superarnos.
Pero no siempre el fracaso nos afecta de la misma forma.
En buena parte, su efecto depende de cómo y cuándo se produzca dicho fracaso.
Existen momentos psicológicos de mayor vulnerabilidad en los cuales las personas somos más propensas a desarrollar sentimientos de frustración e indefensión en respuesta al fracaso.
Un momento especialmente sensible tiene lugar en el primer momento de toma de contacto con una nueva actividad.
En general, las personas tendemos siempre a crear nuestras expectativas en base a nuestras experiencias pasadas.
Y el orden en que éstas se producen no es indiferente.
Las primeras impresiones son las que suelen tener un efecto más perdurable y difícil de cambiar.
Si nuestras primeras experiencias con una nueva actividad que comencemos a realizar, o un nuevo entorno en el que comencemos a desenvolvernos son negativas, es muy probable que desarrollemos sentimientos de frustración persistentes respecto a dicha actividad o entorno.
Si, pongamos por caso, la primera vez que intentamos esquiar nos caemos y nos hacemos mucho daño, existen bastantes probabilidades de que cojamos miedo al esquí.
Y nos costará mucho llegar a perder ese miedo.
En cambio, si nos caemos después de haber esquiado diez o veinte veces, la frustración y el miedo serán mucho menores y rápidamente superables.
Las primeras experiencias tienen una influencia mayor y más duradera sobre nuestro ánimo que las experiencias siguientes.
Sin embargo, todos tenemos la capacidad de incrementar la resistencia a la frustración que se produce en estas circunstancias si adoptamos la perspectiva mental adecuada.
En última instancia, no es el fracaso, sino la interpretación cognitiva que hacemos del mismo, la que nos induce a la rendición.
Cuando cambiamos la forma de percibir e interpretar las experiencias que nos acontecen, producimos cambios en nuestro cerebro y en la respuesta biológica de todo nuestro organismo.
Nuestra interpretación condicionará tanto nuestros sentimientos como nuestras expectativas.
Necesitamos generar expectativas positivas y podemos hacerlo si pensamos que el índice de fracasos y errores de cualquier aprendizaje suele ser muy alto.
Pero que esos fracasos se deben a causas que son controlables mediante el aprendizaje y el entrenamiento.
Incluso cuando todavía no seamos capaces de apreciarlo por nosotros mismos, nuestra persistencia y dedicación nos conducirán con toda probabilidad a realizar progresos importantes.
Como decía William James, “Es nuestra actitud al principio de una tarea difícil lo que, más que cualquier otra cosa, afectará a nuestro desenlace exitoso”.

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