domingo, 29 de septiembre de 2013

Superar “lo humanamente posible”

En los Juegos Olímpicos de 1968 en México, el atleta estadounidense "Bob" Beamon alcanzó un increíble record en salto de longitud, con un registro de 8,90 metros, mejorando en 55 cm. la marca anterior.
El récord de Beamon, que fue bautizado como el salto del siglo, perduró durante 23 años.
Y durante todo este tiempo, la mayoría de los expertos consideró que era una marca imbatible.
Se pensaba que Beamon había alcanzado el límite de lo “humanamente posible”.
En 1991, 23 años más tarde, se celebraba en Tokio la final del Campeonato Mundial de Atletismo.
Y un deportista emergía como gran favorito para la prueba de salto de longitud.
Era Carl Lewis, conocido como “el hijo del viento”, quien había venido ganando 65 competiciones consecutivas de salto de longitud.
Lewis se dispuso a correr en la pista número uno.
Delante de él se erigía un muro invisible que había levantado Beamon en los 8.90 metros.
El atleta corrió, tomó impulso con sus poderosas piernas y saltó tan lejos como pudo.
En los 8.91 metros sus tacones se clavaron en el suelo.
La marca de Beamon había quedado pulverizada después de 23 años, por un solo centímetro.
El estadio rugió y los periodistas transmitieron inmediatamente a todo el mundo la gran proeza deportiva que acababa de acontecer.
Detrás de Lewis se dispuso a saltar un atleta casi desconocido, Mike Powell.
El atleta miró un punto invisible y lejano delante de él.
No veía ni escuchaba nada más.
Su concentración era máxima.
En los 8.90, donde Beamon había caído, él aún seguía en el aire.
En los 8.91, Lewis le miró con incredulidad: aún llevaba suficiente impulso… 92, 93, 94, y ¡95!
Sus talones dejaron una marca en la arena a la sideral distancia de 4 centímetros por encima de la plusmarca que acababa de establecer Carl Lewis.
La multitud del estadio estalló ahora en gritos y aullidos realmente enfervorizados.
La capacidad humana de salto había sido completamente redefinida.
En realidad, las proezas alcanzadas por Lewis y Powell no tenían sólo que ver con su pericia técnica.
Tenían que ver, sobre todo y de un modo fundamental, con su capacidad de auto-motivación para alcanzar una determinada meta altamente ambicionada.
Lewis anhelaba más que nada en el mundo poder batir al inmortal Beamon.
Y para Powell, vencer al propio Lewis, alcanzando además un nuevo registro histórico, representaba el colmo de sus aspiraciones.
Ambos corredores fueron capaces de encontrar el impulso interno y la motivación que les acabarían convirtiendo en protagonistas de una de las mayores gestas de la historia del atletismo.
Sin duda, la motivación, constituye una de las claves del éxito en cualquier disciplina deportiva y, en realidad, en cualquier área de la actividad humana.
En todos los campos de competición, los ganadores suelen ser aquellos capaces de encontrar una meta que pueda inspirarles un intenso y apasionado deseo para su logro.
Aquellos que hayan la motivación para luchar de forma más intensa y persistente que sus competidores.
Y tardan un poco más en rendirse que ellos, incluso en condiciones en las que las probabilidades parecen poco favorables.
Aquellos que son capaces de soñar grandes cosas, pues como dejo Daniel H. Burnham:
“No hagas planes pequeños.
No tienen magia para agitar la sangre de los hombres y probablemente no serán realizados.
Haz grandes planes.
Apunta alto en tus esperanzas y tus labores.
Y recuerda que un propósito noble y lógico, una vez grabado, no morirá”.

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