viernes, 22 de noviembre de 2013

No dejes que todos los problemas te ataquen al mismo tiempo

Supongamos que se acerca el momento en que nos toca presentar nuestra declaración anual de impuestos.
Sabemos que tenemos que hacerlo, pero remoloneamos y vamos aplazándolo día tras otro mientras se acerca peligrosamente la fecha límite para presentarla.
También tenemos que vacunar a nuestro perro y no acabamos de encontrar el momento oportuno para ir al veterinario.
Un cliente nos está presionando para que finalicemos el trabajo comprometido. Si no nos damos prisa y nos centramos en ello, el contrato con el cliente corre peligro y con él puede que también nuestro puesto de trabajo.
También tenemos que acordarnos de devolverle a nuestro hermano en algún momento los 100 euros que nos prestó.
No hemos logrado aprobar nuestro examen de conducir.
Hemos tenido una discusión con nuestra novia o novio. Y ahora tenemos que decidir si dejamos nuestro orgullo y buscamos la reconciliación o rompemos definitivamente la relación.
A veces parece que la lista de cosas por hacer o resolver nunca deja de crecer.
Y todas y cada una de estas cuestiones inacabadas requieren nuestra atención.
Cada uno de estos fracasos inconclusos genera pensamientos recurrentes.
Y cuantos más frentes tengamos abiertos, cuanto más acuciantes e insolubles parezcan los problemas, y cuanto más inciertos parezcan los posibles desenlaces, tanto mayor será el sentimiento de desorden y confusión que se irá apoderando de nuestra mente.
Tener demasiados frentes abiertos al mismo tiempo puede ser una causa importante de agobio y estrés.
Cuando algo queda incompleto, y no podemos cerrarlo, nuestra mente queda enganchada en una incómoda situación, sin poder pasar al siguiente punto de interés, sin poder dejar de pensar en aquello que ha quedado sin completar.
Estos pensamientos que nuestro cerebro produce, pensamientos respecto a las cosas que dejamos incompletas, nos distraen y consumen nuestra energía.
Algunas investigaciones sitúan en tres el número máximo de asuntos incompletos que podemos manejar antes de comenzar a sentirnos confusos y desbordados.
Muchas veces, los problemas no resueltos están conformados por los fracasos respecto a los objetivos que nos proponemos en la vida.
Cuando concebimos un objetivo, inmediatamente nuestro cerebro comienza a producir pensamientos relacionados con el mismo.
Por ejemplo, si deseamos comprarnos un coche, empezaremos a pensar en la forma de reunir el dinero para pagarlo, las marcas y modelos que existen en el mercado y sus prestaciones, las cosas que podríamos hacer cuando tengamos un coche, etc.
Todos estos pensamientos tenderán a permanecer altamente accesibles, y se reproducirán frecuentemente de forma espontánea, incluso en momentos inesperados o no deseados, mientras no hayamos completado el objetivo de conseguir un coche.
O bien hayamos desistido de alcanzar dicho objetivo.
A menudo el caos se produce simplemente debido a una mala organización de nuestro tiempo y una deficiente programación y gestión de nuestras tareas, sea en el plano personal o en el profesional.
En las organizaciones por ejemplo, frecuentemente comenzamos una tarea y antes de terminarla, en seguida pasamos a otra, bien por decisión propia o porque nos asignan nuevas prioridades.
O nos sentimos agobiados por los plazos imposibles de cumplir, lo que nos lleva a tener que estar postergando constantemente las fechas de finalización del trabajo.
Otras veces el problema es que nos enfrentamos a constantes distracciones e interrupciones en el trabajo.
O somos nosotros mismos los que nos empeñamos en llevar a cabo diferentes tareas al mismo tiempo.
Por ejemplo, las llamadas o mensajes de móvil, los correos electrónicos, y los intercambios de mensajería instantánea pueden llegar a convertirse en los reyes absolutos de la distracción.
Resulta atractivo mirar a cada instante si hemos recibido o no un nuevo mensaje, que a menudo incluso nos avisa invadiendo la pantalla de ordenador o produciendo una advertencia sonora que interrumpe el trabajo que estemos realizando.
Sin embargo, tal como comprobó un estudio, alternar tareas como escribir un informe e intercambiar mensajes de correo electrónico implica dedicar el 50% más de tiempo que si estas tareas se realizasen de forma consecutiva.
Otra investigación realizada con un grupo de trabajadores de Microsoft, encontró que estos empleados necesitaban, de media, 15 minutos para poder volver centrarse en tareas mentales serias, como redactar un informe o programar código informático, después de haber interrumpido el trabajo para responder a un mensaje instantáneo entrante o por causa de cualquier otra distracción.
Y es que intentar llevar a cabo varias tareas a la vez puede parecer muy eficiente, pero la realidad neurológica del cerebro demuestra que casi siempre supone una pérdida de tiempo y eficiencia.
Al intentar hacer varias cosas a la vez, el avance es más lento y se multiplican las posibilidades de cometer errores, generándose frustración y agotamiento.
Esto sucede especialmente cuando se trata de tareas que implican el uso de las mismas partes del cerebro.
Por ejemplo, si intentamos leer y escuchar a la vez, o leer y hablar, no podremos hacer eficientemente ninguna de ambas tareas, ya que el cerebro tiene un solo circuito para el lenguaje.
En general, siempre que nos empeñamos en realizar varias tareas a la vez, o nos enfrentamos a continuas interrupciones, o siempre que vamos pasando de una tarea a otra dejando inconclusa la anterior, se produce un efecto estresante que, en un momento dado, puede llegar a hacer que nos sintamos completamente exhaustos, agotados y desesperados, debido a la sensación de pérdida de control.
Necesitamos ir cerrando mentalmente las cuestiones que tenemos entre manos, bien sea porque los resolvamos o bien porque renunciemos a los objetivos que nos habíamos planteado.
Sólo así nos sentiremos en paz y podremos pasar a ocuparnos eficazmente de los siguientes asuntos de interés.
Recordemos lo que decía Antoine de Saint-Exupery: “El campo de la conciencia es minúsculo. Solo acepta un problema cada vez”. 

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