miércoles, 5 de febrero de 2014

El don de la implacabilidad

Desde tiempos inmemoriales vivían bordeando los desiertos del Gobi una serie de pueblos nómadas que iban de un lugar a otro con sus rebaños.
En una tierra inmensa, yerma e inhóspita, pueblos bárbaros y guerreros estaban en constante conflicto entre sí, haciéndose la guerra mutuamente en batallas sangrientas e interminables, luchando por los pastos, los rebaños y los ajuares.
Temudjin, que llegaría a ser conocido como Genghis Khan, el mayor conquistador de todos los tiempos, vino al mundo hacia el año 1165, hijo de un caudillo mongol, pueblo que en ese momento no era uno de los más poderosos de la estepa.
Cuando Temudjin tenía 11 años su padre se cruzó durante un viaje con una tribu rival, cuyo jefe le invitó a un banquete.
Según las costumbres, no podía rehusar si no quería ser declarado enemigo mortal.
En el banquete le sirvieron carne envenenada, a resultas de lo cual acabaría muriendo unas semanas después.
Temujin tenía en ese momento 11 años, y las tribus que habían estado bajo el mando de su padre consideraron que era demasiado joven para obedecerle.
La mayor parte de ellas le fueron abandonando y dispersándose, hasta que solo quedaron su madre y sus ocho hermanos y medio hermanos.
A partir de este momento la familia de Temudjin se vio abocada a reunir los restos de su mermado rebaño y a intentar sobrevivir pescando o cazando con sus arcos.
Poco a poco fueron incorporándose a su grupo numerosos individuos jóvenes, antiguos amigos de la infancia o muchachos en su misma situación.
Al cumplir los 15 años, Temujdin era un chico fuerte y fornido, con un cuerpo voluminoso como el de un hombre mayor.
Se dirigió a la tribu donde se encontraba la novia con la cual su padre le había prometido cuando aún era un niño, y allí celebraron sus esponsales.
Los festejos duraron muchos días y fueron magníficos.
Al emprender el regreso, gran número de amigos y amigas de su esposa se unieron a ellos, y pronto Temudjin era el jefe de un numeroso poblado.
Durante unos años, este poblado vivió en la despreocupación, la arrogancia y la alegría.
Los jóvenes pasaban el tiempo cazando o celebrando festines.
Alegre era el día y despreocupada la noche.
Ningún centinela vigilaba el sueño de sus compañeros.
Pero una noche, mientras todos dormían, un griterío salvaje perturbó repentinamente la paz nocturna.
Un grupo de guerreros forasteros estaba asaltando el campamento, echando antorchas encendidas en las tiendas y llevándose el ganado.
Los asaltantes mataron a cuantos hombres se resistieron, robaron el rebaño, las tiendas y las mujeres y luego se marcharon rápidamente.
Milagrosamente, Temudjin y algunos de sus hombres habían podido escapar al principio del ataque, y esconderse en un paraje cercano hasta la marcha de los atacantes.
Cuando todo hubo terminado, regresaron al campamento y se encontraron con que no quedaba nada.
Temudjin reunió los restos diseminados de sus hombres, y se dirigió a la poderosa tribu de un antiguo aliado de su padre, solicitándole ayuda para recuperar a su esposa y a las demás mujeres que habían sido hechas esclavas. 
El príncipe accedió y le ofreció una tropa numerosa.
En cuanto se difundió la noticia de que Temudjin marchaba al frente de un poderoso ejército, de todas partes comenzaron a acudir algunas de las tribus mongoles que habían estado bajo el caudillaje de su padre, y se pusieron bajo su mando.
Las tropas alcanzaron y rodearon a los raptores, les pasaron a cuchillo hasta el último, y recuperaron a las mujeres y el ganado robado.
En la tienda del jefe, Temudjin encontró a su mujer llevando en sus brazos a su hijo recién nacido.
Como no sabía si aquel primogénito era realmente su hijo, le llamó Dschutschi –el huésped.
Después de este episodio, Temudjin aprendió la lección y nunca más volvería a mostrarse indolente o despreocupado.
En cambio se volvió precavido, prudente hasta el extremo, e implacable.
Durante los siguientes años, se dedicó a fortalecer su poder, acoger a cualquier guerrero que quisiera unirse a ellos, y a constituir un verdadero ejército formado por tropas fieles y selectas.
Les entrenó en la disciplina y las maniobras militares, convirtiéndoles en guerreros más fieros, más salvajes, más duros y mejor entrenados que sus adversarios.
También creó un servicio de información con mensajeros que debían avisarle del más mínimo incidente que tenía lugar en el seno de sus tribus vasallas o en sus contornos.
De este modo Temudjin, ahora investido como Genghis Khan, consiguió crear una extraordinaria maquinaria militar que no tenía rival en su época, gracias a la cual llegó a construir el imperio más extenso de la historia.
Cuando revisamos la vida de Genghis, observamos que hubo un momento crucial que marcó un antes y un después en su existencia.
El episodio en el que los guerreros forasteros asaltaron su poblado paradisíaco fue un trance dramático que le situó al borde de la destrucción.
Podemos imaginar el dolor moral que debió sentir al ver como su mundo feliz se derrumbaba en un instante, su poblado era destruido, su ganado robado y las mujeres, incluida la suya, raptadas y sometidas a la esclavitud sexual.
Genghis pudo haberse derrumbarse en ese momento, pero en lugar de eso supo aguantar y aprovechar el más mínimo resquicio que le ofrecía la situación, para darle la vuelta y recuperar el control.
Cuando el puñal del punzante dolor tocó su alma, no se desmoronó.
Por el contrario, se volvió un hombre psicológicamente mucho más fuerte.
Y durante el resto de su vida, ya nunca volvería a abandonar el don de la implacabilidad, consigo mismo y con los demás.
Jamás volvió a incurrir en la arrogancia o la autocomplacencia.
Por el contrario, aplicó en todo momento la más férrea voluntad, disciplina y autocontrol emocional.
Incluso cuando se encontraba en el apogeo de su poder, siguió durmiendo en una simple tienda, en lugar de hacerlo en algún majestuoso palacio.
Y era proverbial la escasa ración alimenticia que tomaba, basada casi exclusivamente en una dieta carnívora y láctea obtenida de su ganado, y que para sus vecinos sedentarios representaba simplemente una dieta de hambre.
Como le sucedió a Genghis, a veces es el concurso del dolor, cuando ese dolor llega a ser casi insoportable, lo que nos ayuda a volvernos implacables, superando así el hilo de una vida demasiado insustancial y anodina.
Carlos Castaneda lo describía de esta forma:
La muerte es la compañera inseparable del guerrero; se sienta a su lado.
Cada trocito de conocimiento que se vuelve poder, tiene a la muerte como fuerza central.
La muerte da el último toque y lo que la muerte toca se vuelve de verdad poder.
La muerte es nuestra eterna compañera; siempre está a nuestra izquierda a la distancia de un brazo.
Cuando estés impaciente, lo que debes hacer es voltear a la izquierda y pedir consejo a tu muerte.
Una inmensa cantidad de mezquindad se pierde con sólo saber que está vigilándote.
La muerte es la única consejera sabia que tenemos.
Cada vez que sientas, como siempre haces, que todo te está saliendo mal y que estas a punto de ser aniquilado, voltea hacia tu muerte y pregúntale si es verdad; ella te dirá que te equivocas; que nada importa en realidad más que su toque.
Tu muerte te dirá: todavía no te he tocado.
El guerrero piensa en su muerte cuando las cosas pierden claridad.
El guerrero considera a la muerte la consejera más tratable, que también puede venir a ser el testigo de todo cuanto uno hace.
La idea de la muerte es lo único que templa nuestro espíritu.

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