domingo, 19 de octubre de 2014

La culpa es de los alumnos

Aquellos lectores que tengan hijos en edad escolar habrán vivido seguramente la experiencia de mantener reuniones con los tutores escolares de sus hijos.
Típicamente estas reuniones comienzan con el saludo protocolario y algunos breves comentarios sociales intrascendentes, para en seguida pasar a examinar la conducta del alumno en cuestión.
Normalmente, el Tutor llevará preparada una hoja de papel donde cada uno de los profesores habrá apuntado sus comentarios sobre dicho alumno.
El Tutor irá repasando entonces estos comentarios uno por uno, cambiando el semblante y la entonación de acuerdo con el tono de los mismos.
En algunos casos, sonreirá levemente al reproducir un comentario de este tipo: “Emilio va bien en la asignatura”, lo cual casi invariablemente suele ir acompañado de una apostilla del tipo: “pero puede mejorar si se esfuerza más”.
En la mayoría de los casos, sin embargo, los comentarios no serán tan amables. En esos casos, el Tutor adoptará un semblante algo más serio y leerá algo parecido a: “La actitud de Emilio en clase no es buena. Se distrae mucho. No presta atención. Habla con sus compañeros. No siempre trae los deberes hechos. Se nota que no estudia todos los días, sino que lo deja todo para el final, cuando llegan los exámenes”.
Invariablemente, si un alumno va “mal” en el entendimiento del profesor o de la escuela, la culpa es solo suya.
Incluso si todos los alumnos de un curso van mal en una determinada asignatura, o en todas, la culpa es siempre de los alumnos porque se habrá creado una “dinámica de grupo perniciosa”.
He asistido a muchas reuniones con tutores, y todavía estoy esperando la ocasión en que algún tutor explique que la causa del pobre rendimiento de un alumno sea posiblemente la mala praxis de un profesor, y menos aún que tal vez la causa pueda estar en la deficiente metodología de instrucción que se aplica en la escuela.
La culpa siempre es de los alumnos.
Especialmente el tema de la actitud de los alumnos en clase suele ser un tópico recurrente en casi todas las reuniones con los tutores.
Según el entendimiento de las instituciones educativas, los alumnos pueden tener buena o mala actitud.
Un alumno con una buena actitud en clase es básicamente aquel que permanece todo el tiempo quieto, callado y atento a las explicaciones del profesor.
Como esto último es más difícil de controlar, los profesores suelen poner el énfasis en que los alumnos estén quietos y callados, lo cual casi siempre puede lograrse, en última instancia, si se recurre a métodos suficientemente expeditivos.
En cuanto a la atención de los alumnos, en muchos casos la principal o casi única estrategia de los profesores para conseguir que se mantenga, consiste en interrumpir de vez en cuando sus monolíticas explicaciones para preguntar por sorpresa a algún alumno que intuyen que anda perdido en sus ensoñaciones, algo así como: “¿Qué es lo que acabo de decir, Rodríguez?”.
Mediante esta técnica que pretende ridiculizar al alumno despistado ante sus compañeros, quizás consigan que el alumno interpelado preste atención a las explicaciones del profesor durante los siguientes 2 o 3 minutos.
Lo cierto es que los alumnos deben permanecer en clase cada día lectivo durante un tiempo que suele oscilar entre las 6 y las 8 horas, atendiendo las explicaciones de profesores cuya principal estrategia formativa consiste en impartir una clase magistral en la que ellos hablan y los alumnos deben atender y escuchar.
Después de eso, se suponte que los alumnos deben ir a casa, hacer los deberes que les han mandado, y dedicarle un tiempo adicional a estudiar cada día para estar preparados cuando lleguen los exámenes.
Por supuesto, no encontraremos un solo adulto, joven o niño capaz de prestar plena atención durante tantas horas a algo a priori tan poco atractivo como un profesor recitando monolíticamente sus lecciones en clase.
Pero la culpa es de los alumnos.
Aunque no siempre se deba necesariamente a un propósito deliberado de flojedad y holgazanería por parte de éstos. Algunos alumnos tal vez tengan simplemente un problema neurológico de déficit de atención.
El síndrome del déficit de atención fue incluido por Leon Eisenberg por primera vez en 1968 como enfermedad en el “Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales”.
Desde entonces, millones de niños en todo el mundo han sido diagnosticados con esta enfermedad, y se les ha prescrito fármacos y estimulantes para tratarla.
En Estados Unidos, por ejemplo, se estima que el 10 por ciento de los niños en edad escolar toman algún tipo de droga psiquiátrica para combatir sus “problemas” de déficit de atención o hiperactividad.
Sin embargo, el propio descubridor del trastorno de déficit de atención afirmó, meses antes de morir en 2009, que se trataba de "un ejemplo de enfermedad ficticia" –de la que por cierto, han obtenido pingues beneficios las compañías farmacéuticas.
Lo cual me recuerda a una camiseta que llevaba un chico con la frase: “Mamá, no tengo síndrome de déficit de atención. ¡Lo que pasa es que no me interesa!”.
No. La culpa no es de los alumnos.
Tampoco, en la mayoría de los casos, es de los profesores.
La gran mayoría de profesores que conozco y he conocido tienen un sano y bienintencionado propósito de ayudar a sus alumnos. Muchos han abrazado su profesión porque sienten una verdadera vocación por la profesión de la enseñanza. 
Los profesores, como los tutores, son también víctimas de un sistema que ya no funciona, si es que alguna vez funcionó.
El problema es del conjunto del sistema educativo.
Comenzando por las materias de estudios. En el 99,9% de los casos, los alumnos no aplicarán jamás la gran mayoría de los contenidos que deben aprender en la escuela.
Como además, el volumen del conocimiento humano no deja de crecer exponencialmente, los libros de texto crecen de tamaño año tras año, sometiendo a una presión adicional a los profesores para impartir todas estas materias durante sus horas de clase.
El sistema escolar todavía no ha entendido que, a estas alturas, la principal competencia que necesitan los niños y jóvenes, no es la adquisición de más y más contenidos técnicos o enciclopédicos de algún tipo, sino la capacidad de aprender, pensar por sí mismos, desarrollar su creatividad, ser capaces de localizar la información que necesitan y de utilizarla productivamente.
Pero los contenidos de las asignaturas no son el único ni el principal problema del sistema escolar.
Las metodologías de instrucción que todavía se utilizan en la gran mayoría de los colegios, institutos y universidades de todo el mundo, son un anacronismo que no tiene en cuenta todo lo que hoy conocemos sobre la forma como funciona nuestro cerebro y los modos en que aprendemos las personas.
¿Cuándo entenderán las instituciones que la metodología de enseñanza consistente exclusivamente en el “yo hablo, vosotros escucháis”, no funciona?
¿Cuándo comprenderán que se requiere captar la atención de los alumnos, despertar su curiosidad, intrigarles, sorprenderles, entusiasmarles?
¿Cuándo se darán cuenta de que deben variar sus estrategias de formación, combinando y alternando diferentes metodologías, introduciendo contenidos multimedia, generando dinámicas de participación, animando la colaboración, introduciendo dinámicas de juego, promoviendo la búsqueda y la exploración, esforzándose en convertir lo difícil y árido en comprensible y divertido?
¿Cuándo, en fin, entenderán que la sociedad actual no necesita trabajadores aborricados con buena actitud, sino personas llenas de confianza e ilusión, deseosas y capaces de aprender, de adquirir, procesar y asimilar nuevos conocimientos y capacidades, de pensar y decidir en ambientes de ambigüedad e incertidumbre, de adaptarse al cambio constante, de desarrollar un pensamiento original y divergente, de atreverse a hacer lo que nadie hace, de crear e innovar?
Mientras llega ese momento –y llegará-, los padres seguiremos yendo a las reuniones con los tutores para que nos expliquen que la culpa es siempre de los alumnos.
Después firmaremos el acta de la reunión, intercambiaremos el obligado saludo protocolario y nos despediremos. Hasta la próxima vez.

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