domingo, 30 de noviembre de 2014

Claves del Pensamiento Divergente

Tengo que escribir una novela ¿qué trama escojo?
Tengo que componer una canción ¿cómo lo hago?
Tengo que preparar un informe ¿por dónde empiezo?
Mi competencia me está comiendo terreno ¿qué hago para revertir la situación?
Me he quedado encerrado en el ascensor ¿cómo salgo?
No llego a fin de mes ¿qué puedo hacer para ganar más dinero?
No puedo pagar mis deudas ¿cómo me las arreglaré?
Estoy en el paro ¿cómo salgo de ésta?
No ligo nada ¿qué puedo hacer para conseguirlo?
Tendemos a pensar en la creatividad como una cualidad valiosa para los novelistas, los compositores, los directores de cine, o las personas que trabajan de los departamentos de innovación e I+D de las empresas.
Pero en realidad es una herramienta que todos necesitamos para nuestra supervivencia en el día a día personal y profesional. 
Las personas nos enfrentamos continuamente a problemas que debemos resolver.
Sabemos que nuestro cerebro es el cofre donde seguramente se oculta la llave maestra del tesoro que podría ayudarnos a solucionar todos estos problemas.
Allí dentro están, sin duda, todas las posibles soluciones que existen.
¿Pero cómo sacudir ese árbol para que caigan las frutas maduras, que son las soluciones creativas que nos ayudarán a resolver nuestros problemas?
Veamos cuáles son las cualidades que distinguen la capacidad para desarrollar un pensamiento divergente que puede ayudarnos a solucionar los problemas a los que nos enfrentamos:

Romper los esquemas
Desde el momento en que nacemos, y a medida que crecemos, todas las personas vamos construyendo gradualmente un conjunto de esquemas, creencias o modelos mentales, que nos permiten realizar simplificaciones de la realidad.
Estos modelos mentales van tomando forma mediante la educación que recibimos, lo que aprendemos, lo que nos cuentan, lo que observamos y vivimos.
De este modo aprendemos cómo debemos comportarnos, cómo debemos interpretar el mundo, lo que debemos o no debemos hacer, creer y querer.
Los esquemas mentales son necesarios para organizar y simplificar el conocimiento del mundo que nos rodea y de esta forma tener una visión coherente del mundo y de nosotros mismos.
Pero al mismo tiempo, estos esquemas pueden llegar a actuar como barreras que nos impiden progresar, porque pensamos que sólo existe una solución posible a los problemas o que es imposible conseguir determinadas metas.
Eso nos conduce buscar las soluciones a nuestros problemas discurriendo siempre por los mismos derroteros conocidos, aunque no sean los más eficientes, frente a otros posibles senderos ignotos, inciertos o que ni siquiera nos atrevemos a vislumbrar.
La línea de actuación psicológicamente más segura es aferrarse a las situaciones creadas y a las convenciones comúnmente aceptadas, mientras que tratar de romperlas o superarlas nos expone a sentimientos de ansiedad ante lo desconocido.
Sin embargo, cuando las soluciones conocidas no funcionan, necesitamos recurrir a fórmulas de pensamiento divergente, que nos permitan generar ideas nuevas y creativas mediante una reestructuración inteligente de los datos ya existentes en nuestra mente.
Romper los esquemas significa estar dispuestos a asumir riesgos, a salirse de las vías, a adentrarse por territorios desconocidos, a tolerar la incertidumbre, a resistir la insolubilidad de un problema sin dejar de trabajar intensamente en él, a aguantar situaciones poco estructuradas en las que las cosas no están claras, los roles no están bien definidos o hay algún tipo de ambigüedad e indefinición.  
El pensamiento divergente requiere flexibilidad y apertura, perspicacia, sagacidad e ingenio, para superar el efecto restrictivo derivado de la rigidez de nuestros modelos mentales actuales.

La audacia mental
La audacia mental significa pensar por sí mismo y estar dispuesto a cuestionarlo todo, aunque eso suponga romper las reglas y desafiar las convenciones sociales comúnmente aceptadas.
Debido a condicionamientos atávicos de origen instintivo, que son reforzados durante los procesos de la educación y culturización, las personas tendemos a someternos a ciertos resortes mentales heurísticos que nos llevan a aceptar sin más determinas asunciones.
En especial, tendemos a someternos a los principios de la autoridad y del consenso social.
La autoridad puede estar representada tanto por la jerarquía de nuestra organización, o por la autoridad pública, como también por aquellos que son considerados “expertos” en un determinado campo de actividad.
Este resorte automático que nos empuja a confiar en el criterio emitido por una autoridad, hace que a veces incluso les sigamos cuando no son tales y sólo exhiben algunos de los signos externos que les caracterizan, como una bata blanca o un uniforme de algún tipo.
Por eso, las empresas a menudo utilizan para sus campañas publicitarias a actores que protagonizan a médicos u otros profesionales en series televisivas, simplemente porque han comprobado que las personas tienden a seguir sus recomendaciones por la simple asociación con la profesión que interpretan en sus series. 
Cuando nos sometemos a los dictados de la autoridad pública o que han sido emitidas por una persona de estatus superior, o por un experto, tendemos a aceptar sus prescripciones de forma incondicional, sin cuestionarnos la validez de las mismas.
Cuestionar los dictados de la autoridad no significa necesariamente oponerse a ellos, sino simplemente negarse a concederles el don de la infalibilidad, y buscar información y explicaciones que nos permitan valorar si existe otra forma diferente y mejor de hacer las cosas.
Por supuesto las personas revestidas de autoridad por su condición jerárquica o de expertos, suelen tener conocimientos y experiencia que les convierten en una valiosa fuente de información, pero seguir sus dictados de forma incondicional constituye una seria barrera para la creatividad y el pensamiento divergente.
No es sólo que los expertos puedan equivocarse lo cual, aunque es obvio, a menudo se pasa por alto, sino que además los expertos pueden cambiar de opinión cuando las circunstancias varían o cuando obtienen nueva información que les indica que estaban equivocados, mientras que las personas que han seguido sus dictados quizás sólo conozcan la opinión que fue originalmente difundida, pero no los posibles cambios que vaya experimentando la opinión emitida por el experto.
La audacia mental implica también la capacidad de resistirse al principio del consenso social, que nos empuja a imitar de forma automática la conducta de quienes nos rodean.
El principio del consenso social es probablemente el más poderoso principio que rige la conducta humana y determina que, en general, cuantas más personas hacen algo, especialmente si dichas personas se parecen a nosotros y por tanto nos sirven de referente, tanto más probable es que las imitemos.
Las investigaciones en el campo de la psicología social han demostrado además que el mecanismo del consenso social no es sólo el factor de influencia más notable de nuestra conducta, sino que al mismo tiempo es el que más nos empeñamos en negar.
Es decir, las personas somos básicamente ciegas al hecho de que nuestra conducta está condicionada de un modo casi abrumador por lo que hacen las demás personas que nos rodean y, en general, somos incapaces de comprender que estamos tomando nuestras decisiones bajo el influjo de este resorte automático.
Por supuesto, la mayoría de las veces tendremos más probabilidades de acertar si hacemos lo que hacen los demás que si hacemos lo contrario –por eso se ha desarrollado este principio instintivo-. Pero al mismo tiempo, el sometimiento incondicional a este resorte mental que nos lleva a imitar y reproducir los modelos y normas socialmente preestablecidos, es uno de los factores limitantes que más pueden impedir que desarrollemos un pensamiento divergente capaz de generar soluciones diferentes e innovadoras a problemas donde las viejas recetas ya no funcionan.

Acercar y alejar el foco
La creatividad requiere ser capaz de combinar adecuadamente dos habilidades aparentemente contrapuestas: sumergirse profundamente en los detalles para entender los sutiles matices de la cuestión que se trate, y volar alto para ver cómo los detalles encajan en la visión global y poder descubrir conexiones entre elementos aparentemente desconectados.
Cuando intentamos resolver un problema, necesitamos primero llevar a cabo una fase de inmersión, documentándonos y buscando toda la información relevante que pueda servirnos para entender los diferentes aspectos implicados en el mismo.
La mayoría de las personas tiende a quedarse sólo en esta primera fase. Recopilan todos los datos del problema, analizan todos sus aspectos, estudian todos sus detalles… y acaban llegando a las mismas soluciones ya conocidas que existían.
Esta forma de actuar puede servir para introducir pequeñas mejoras en los procesos existentes, pero no sirve para generar grandes innovaciones disruptivas.
Para conseguirlo se necesita alejar el foco.
Advertir lo inadvertido requiere tener una visión periférica, adoptar una perspectiva amplia que permita ver patrones ocultos y establecer conexiones nuevas entre elementos aparentemente desconectados, enfocando la solución al problema desde una mirada diferente a la realidad.
A menudo esto implica ser capaz de reunir ideas en apariencia inconexas para formar combinaciones sorprendentes, capturar lo que parecen asociaciones fugaces entre ideas y conocimientos, mezclando y combinando conceptos radicalmente diferentes. Al hacerlo, pueden producirse ideas aparentemente extravagantes que, sin embargo, pueden ser catalizadoras de innovaciones disruptivas.
Casi siempre, este proceso se produce a través del trabajo del cerebro inconsciente, pues la lucidez y la fecundidad creativa son estados de la mente que escapan al control consciente y deliberado de la voluntad.
Cuando nuestra mente se encuentra “peleando” con la solución de un determinado problema, el cerebro sigue trabajando en la solución del mismo de manera inconsciente, aunque no nos demos cuenta, realizando conexiones y estableciendo relaciones relevantes.
Como resultado, a menudo el cerebro es capaz de recuperar los diferentes componentes del problema reordenando la información que ya tenía, haciendo visibles asociaciones que hasta entonces habían estado ocultas, reconociendo los patrones existentes en el propio cerebro.
Entonces, de forma súbita, el árbol de la mente deja caer las frutas maduras de las ideas innovadoras y en ese momento tomamos conciencia de la solución que mejor se adecúa al problema. 

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